20 oct 2020

La mujer sin tiempo. (Cuento) Octubre 2020.

 


La mujer sin tiempo. (Cuento)

 

Aquel hombre compró tres unidades de baguettes, doscientos gramos de mortadela y ciento cincuenta gramos de queso cortado a máquina, que necesitaba la para el almuerzo, abonó con billetes sencillos a la empleada de la panadería, quien aún esperaba algunas monedas para completar la compra.

La panadería, ubicada en la ochava sur de las calles que linda con una Estación de Servicios, en donde solamente despachaban carga de Gas Natural Comprimido para vehículos.

En esa Estación de Servicios donde tiempos atrás seguramente se habrá surtido de naftas, gasoil, y kerosene, los carteles que apenas se ven desde afuera, denotan largos periodos de tiempo incrustados en la parte superior donde alguna vez habrán puestos los precios, pero por esas cosas de la inflación que acecha al país sudamericano, las mismas han quedados desactualizados.

Buscó entre sus bolsillos algunas monedas, entregó a la dependienta, y con un gesto adusto hizo una señal de agradecimiento y giró ciento ochenta grados para retirarse.

Ya pisando el primero de los tres escalones que dan a la calle, ve como de manera irregular una mujer de unos cuarenta y ocho años, casi lo choca furtivamente, quien camina en dirección a la parada de colectivos sobre una de las veredas de la Estación de Servicio.

Si bien no existe una garita o lugar específico en donde paren los buses, por costumbre el solo hecho de acercarse a la esquina sobre el semáforo hace que se convierta en parada de bus, aunque allí no exista señalizaciones.

Espera unos segundos mientras su mirada no dejaba de ver a aquella mujer con un amplio bolso de color azul, descolorido por el uso, un pantalón de jeans gastado, unas zapatillas rojas y una blusa azul claro con vivos negros.

El pelo castaño de esta dama, desalineado, por cierto, aunque se notaba que estaba limpio, ondulaba mientras el viento que provoca el paso furtivo de aquellos enormes buses amarillos, que raudamente aceleraba para no agarrar el cambio de semáforo que se apostaba en dicha ochava.

En ese puede ver que la mujer logra llegar hasta la esquina donde los buses se detienen, se apoya sobre una columna de iluminación municipal, y estando casi abrazada al poste de metal, abre sus brazos y lentamente se desploma dando un fuerte golpe en la acera de la Estación de Servicio.

Raúl Olivares, quien hacía minutos de la panadería, trabajaba en una empresa metalúrgica a escasos trescientos metros de allí.

Se acuerda de un curso de RCP -resucitación cardiopulmonar- que su empleadora le había impartido de manera obligatoria, como manera de prevención y cuidado laboral.

Duda en salir al rescate de la mujer unos segundos, no por su falta de sensatez frente a la dolencia humana, sino por su insegura preparación en temas médicos.

Al ver que nadie se hacía cargo de la situación, aunque miraban desconcertados, ordenó a sus piernas que bajaran los dos escalones restantes de la panadería y emprende una feroz corrida al encuentro de la mujer de blusa azul. En cuestión de segundos llega de inmediato a su encuentro.

Le habían indicado en el curso de RCP, que el proceso de resucitación debe prolongarse al menos cuarenta minutos, por lo que se olvidó de la bolsa de pan que había comprado dejando casi tirado al lado de la columna.

― ¿Alguien conoce a esta mujer? Gritó muy fuerte.

Nadie de los curiosos respondió.

― ¡Llamen al 911…!

― Ya está en camino, murmuró un empleado del centro de expendio de combustible, que con billetera en mano caminaba lentamente hacia la mujer, aunque vigilaba regularmente los puntos de atención del expendio de gas.

Al ver que la mujer estaba totalmente inconsciente, procedió casi sin dudarlo a darle vuelta para que su cabeza quedara mirando hacia arriba, sus brazos extendidos al lado de su cuerpo y sus piernas estiradas.

Acercó su oído a la boca de la dama, para ver si respiraba, pero no sintió nada.

Le pidió a una mujer que estaba cerca que le ayudara a retirarle el bolso desgastado que traía.

Al notar que no respondía a las señales básicas, coloca sus manos a la altura del corazón de aquella mujer, en posición de realizar las tareas de RCP.

Posa sus manos en el pecho de la mujer y empieza a empujar haciendo las cuentas que recordaba vagamente. Espera unos segundos, vuelve a verificar a ver si respira, y nuevamente empieza el proceso de estimular el corazón para que reaccionara y volviera a la normalidad.

Poco a poco, los curiosos fueron multiplicándose, desde los automóviles que estorbaban a los colectivos que intentaban pasar para cumplir sus horarios. También se juntaron infinidad de personas que murmuraban, pero sin comprometerse en el proceso de atención primaria.

Raúl, insistía en el proceso de RCP, y su preocupación se incrementaba al ver que el color de la piel de aquella mujer palidecía y sus labios lentamente se tornaban oscuros.

Al principio intentaba guardar la forma en cuanto a tratar de no tocar sus pechos, para que no le adjudicaran intenciones no acordes a las buenas costumbres y al respeto. Pero al pasar los minutos y acrecentarse la desesperación, no teniendo resultados, a Raúl ya no le importaban si en su afán de ayudar a la mujer rozaba sus pechos u otra parte de su cuerpo.

Sabía que eran los minutos cruciales para lograr la reanimación.

― ¿Alguien me puede ayudar? Murmuró ya denotando cansancio y desesperación.

Ninguno de los curiosos se hizo eco del desgarrador pedido, aunque ello no impidió seguir musitando y observando.

A Raúl le dio la leve impresión que algunos hasta apostaban por ver a la mujer imbuida en el peor escenario posible, y eso no importaba a nadie.

Hasta la dependienta de la panadería que, a varios metros del lugar, parada en la puerta principal del negocio, observaba como si una película de Netflix se estuviera estrenando en forma directa. Nadie osaba si quiera en perder un segundo de la proyección.

Su transpiración empezó a caer en la vereda de la Estación de Servicio, ayudado por el tremendo sol del medio día de octubre.

Su mente se enfocaba en seguir la rutina que vagamente recordaba y rogar que lleguen los médicos para que lo ayudaran en el proceso.

― ¿Quién me mandó a meterme en este despelote? Se preguntaba, mientras seguía apretando el pecho de la mujer, contando y parando.

No veía mejoría, y su desesperación se incrementaba exponencialmente.

A lo lejos escucha como apagado los sonidos de una sirena de ambulancia.

― ¡Ahí vienen!, ¡vamos responda señora! Susurraba. Imaginando tal vez, que aquella mujer lo podría escuchar.

De golpe siente como un frío arrasador que cruza por su espalda y baja por sus brazos hacia el pecho de la mujer del bolso desgastado.

El tiempo se detuvo.

Aunque nadie vio la escena, Raúl imaginó temerariamente que ese frío arrasador no era ni más ni menos que la Parca.

― Nooo…! ¡Es la muerte…! Imaginó.

Vuelve a sentir otra sensación horrible en su cuello, pero esta vez es de calor.

Raúl, no dejaba de hacer la presión en el pecho contando y descansando unos segundos.

Vuelve a sentir ese calor y esta vez imagina que una mano que lo toca su hombro derecho.

Gira la cabeza sin dejar de hacer las tareas de RCP, y una persona vestida de color verde le indicaba con maletín en brazo, que se alejaran que ellos seguirían el proceso.

Sus brazos no le respondían. Su cara empapada por la transpiración por el insoportable sol del medio día de octubre, sumados a los calambres de sus piernas y su mano entumecida, que le impedía alejarse de la dama. Básicamente, como si fuera una reacción incontrolable, no hizo caso y siguió probando…

― Un intento más… Le murmuró al médico.

Un enfermero vestido de verde, junto a la mujer de blanco, presumiblemente médica, se arrodilló a sus pies y con un aparado le escuchan el corazón.

La mujer del guardapolvo blanco, lo mira fijamente como diciéndole que la suerte estaba echada.

― ¡Noo, no paso los cuarenta minutos…! ¡Signamos por favor…!

El enfermero, de enorme estatura lo toma por detrás a Raúl y lo levanta, bloqueando que siga apretando el pecho de la mujer.

― Tranquilo. No hay nada que hacer.

Raúl, parado sobre la columna de alumbrado, mira a la mujer como se descoloraba y ve por primera vez que tenía unos hermosos ojos verdes claros.

― ¿Hora del deceso? Le dice la médica a su enfermero, como una forma que le diga qué hora exacta debe poner en los papeles.

Raúl temerariamente percibió en aquellos expertos de la salud una cuota de insensibilidad o quizás sea el profesionalismo que provoca a aquellos médicos, que algunas cosas no afecten la labor profesional. Entendía que era necesario esa seriedad en tales casos de profunda debilidad, pero le molestaba el tono del dialogo, como si un compañero de su fábrica estuviera pidiendo una herramienta para apretar un tornillo.

El enfermero de manera autómata, camina hacia la ambulancia de color blanco con vivos verdes, abre la puerta trasera y baja de un solo golpe una camilla. Se escucha el ruido de la camilla golpeando el piso.

Se aproxima a la mujer y de un par de movimientos la suben y la tapan con una ´amplia manta blanca.

― ¿Conoce a esta mujer? Le indicó la médica a Raúl, negando éste solamente con la cabeza.

Insiste la doctora, pero esta vez a los curiosos que estaba apostados alrededor.

― ¿Alguien conoce a esta mujer?

Todos giraban la cabeza como negando cualquier tipo de información.

La médica toma su radio móvil, una especie de aparato celular pero con antena, y empieza a informar presumiblemente a la central de la empresa de emergencias.

Mientras eso sucede, el enfermero toma el bolso desgastado, como si fuera un detective privado, arroja el contenido de este sobre el suelo, para ver algún tipo de identificación.

Entre las pertenencias que cayeron al cemento, solo se pudo observar unas llaves, una tarjeta magnética para ser usado en el transporte público, un sweater de hilo color crudo.

  No hay identificación, ni teléfono, ni dinero. Le dice el enfermero a su doctora. No sabemos si tiene familia, esposo, hijos, ni su dirección.

Raúl sigue inmóvil observado a la mujer apostada en la camilla y con la sabana arriba de su cuerpo.

Sentía como un fuego abrasador le quemaban sus tripas, mientras el tremendo sentimiento de angustia le imprimía el pecho hasta el punto de no dejarlo respirar.

Sabía que intentó lo que pudo, pero se interrogaba de manera compulsiva:

― ¿Habré hecho lo suficiente? ¿Si hubiera intentado otra técnica, la habría salvado? ¿Qué pensará su familia? Y si tiene hijos ¿cómo será la vida de esos niños?

Los cuestionamientos se incrementaban, mientras su mirada no se alejaba sobre aquella camilla.

El enfermero, recoge las pocas cosas de aquella mujer y lo introduce en el bolso desgastado. Se da vuelta en dirección a Raúl, le toca su hombro derecho, como diciéndole que hizo lo que pudo, y solo le escucha decir a aquel empleado de la empresa de emergencias:

―A esta mujer se le acabó el tiempo…

 



Horacio Marcelo Canteros ®

 

Octubre 2020

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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