3 ene 2026

Luz en las Sombras: La Caída de Nicolás Maduro y el Amanecer de una Venezuela Libre

Luz en las Sombras: La Caída de Nicolás Maduro y el Amanecer de una Venezuela Libre

 

En las profundidades de una nación que se desangra lentamente, donde el sol del Caribe ya no calienta sino que quema las esperanzas, he contemplado durante años el sufrimiento interminable del pueblo venezolano bajo esta larga dictadura.

Como testigo de las heridas abiertas de América Latina, siento en el pecho el peso de ese dolor cotidiano que corroe a quienes permanecen en la patria: madres que miden la vida en gramos de harina robada, padres que ven a sus hijos desvanecerse por falta de medicinas, jóvenes que caminan calles donde el miedo es el único compañero fiel.

Es un padecimiento silencioso pero devastador, el de la escasez que humilla, la represión que silencia, la inseguridad que convierte cada día en una ruleta de supervivencia.

Hemos visto cómo este régimen, disfrazado de revolución, ha devorado la dignidad de un pueblo entero, erosionando no solo los cuerpos, sino las almas.

No menos profundo es el calvario de los exiliados, esas millones de almas que cruzaron fronteras cargando el fantasma de lo perdido.En tierras extrañas, enfrentan aún ahora el rechazo, el trabajo precario, la nostalgia que duele como una fractura expuesta.

El médico que limpia mesas, la maestra que vende café en las calles de Bogotá o Miami, o un Ingeniero conduciendo un taxi en Buenos Aires, todos ellos con el corazón clavado en una Venezuela que les fue arrebatada.

El exilio no es solo distancia; es una muerte lenta del ser, un desarraigo que fragmenta familias y sueños.

Y qué decir del horror indecible de los seres queridos asesinados: aquellos jóvenes caídos en las protestas, los activistas desaparecidos en las sombras de las mazmorras, los nombres que resuenan como ecos de barbarie. Cada ausencia es una herida colectiva, un duelo que no cierra, que transforma el luto en resistencia callada.

En el laberinto ético de la geopolítica contemporánea, surge una dicotomía lacerante entre el bien aparente de capturar a un líder como Nicolás Maduro, acusado de encabezar una dictadura opresiva y un vasto entramado de narcotráfico que ha sumido a Venezuela en el caos, y la flagrante violación del derecho internacional que implica una intervención militar unilateral en territorio soberano.

Por un lado, esta acción representa un golpe al crimen organizado transnacional y un potencial alivio para millones de venezolanos aplastados por la represión, la hambruna y la corrupción, ofreciendo una esperanza de justicia y restauración democrática.

 

Sin embargo, algunas personas esgrimen que, al ignorar principios fundamentales como la no injerencia y el respeto a la soberanía estatal consagrados en la Carta de las Naciones Unidas, esta captura no solo erosiona el orden jurídico global, sino que establece un precedente peligroso que podría justificar invasiones arbitrarias por potencias hegemónicas, perpetuando un ciclo de inestabilidad donde el fin justifica medios que socavan la paz colectiva y la legitimidad internacional.

Es sin dudas una difícil y extraña dicotomía entre el bien de la libertad y quizás la socavación del Orden Internacional y la generación de un extraño precedente.

En lo profundo de mi ser, marcado por el dolor de los pueblos latinoamericanos oprimidos, me inclino sin reservas a apoyar cualquier medida —por audaz que sea— que termine de una vez con las violaciones sistemáticas de los derechos humanos, desmantele la represión y el narcotráfico que han asfixiado a Venezuela, y abra las puertas a una paz verdadera donde el pueblo viva en libertad. No me detiene el debate sobre formas o soberanías cuando la inacción ha costado hambre, exilio y sangre; prefiero abrazar la esperanza de un mundo libre, aunque el camino sea áspero, porque la justicia real no siempre llega por vías impecables, sino por el valor de romper las cadenas de la barbarie.

Pero hoy, en este amanecer inesperado del 3 de enero de 2026, irrumpe una luz cegadora en el camino: la captura de Nicolás Maduro Moros, el cabecilla de esta tiranía, en una operación audaz que lo arranca de Caracas y lo lleva encadenado a enfrentar la justicia en suelo estadounidense. Es un rayo de esperanza para los oprimidos, un quiebre en la impunidad que ha sostenido décadas de oscuridad.

Las calles, antes paralizadas por el terror, comienzan a palpitar con promesas de retorno y reconstrucción; la diáspora alza la mirada hacia un posible regreso.

Sin embargo, en esta reflexión que me atraviesa como un río profundo, me pregunto: ¿es esta captura el fin definitivo de la pesadilla, o solo el comienzo de una sanación verdadera?

Las dictaduras no mueren solo con sus líderes; sobreviven en las estructuras podridas, en las divisiones sembradas, en las cicatrices que el tiempo apenas cubre.

Venezuela, fénix herido y sangrante, debe ahora renacer desde sus propias cenizas, honrando el sufrimiento de sus hijos con una libertad auténtica, donde la justicia no sea excepción sino norma, y la dignidad, no un sueño lejano, sino el fundamento inquebrantable de un nuevo amanecer.

Solo entonces, en la memoria colectiva y en la voluntad indomable del pueblo, hallaremos la redención plena.

 

Horacio Marcelo Canteros.

Argentina.  03/01/2026.