Luz en las Sombras: La Caída de Nicolás Maduro y el Amanecer de una Venezuela Libre
En las profundidades de una
nación que se desangra lentamente, donde el sol del Caribe ya no calienta sino
que quema las esperanzas, he contemplado durante años el sufrimiento
interminable del pueblo venezolano bajo esta larga dictadura.
Como testigo de las heridas
abiertas de América Latina, siento en el pecho el peso de ese dolor cotidiano
que corroe a quienes permanecen en la patria: madres que miden la vida en
gramos de harina robada, padres que ven a sus hijos desvanecerse por falta de
medicinas, jóvenes que caminan calles donde el miedo es el único compañero
fiel.
Es un padecimiento silencioso
pero devastador, el de la escasez que humilla, la represión que silencia, la
inseguridad que convierte cada día en una ruleta de supervivencia.
Hemos visto cómo este régimen,
disfrazado de revolución, ha devorado la dignidad de un pueblo entero,
erosionando no solo los cuerpos, sino las almas.
No menos profundo es el calvario de los exiliados, esas millones de almas que cruzaron fronteras cargando el fantasma de lo perdido.En tierras extrañas, enfrentan aún ahora el rechazo, el trabajo precario, la nostalgia que duele como una fractura expuesta.
El médico que limpia mesas, la
maestra que vende café en las calles de Bogotá o Miami, o un Ingeniero
conduciendo un taxi en Buenos Aires, todos ellos con el corazón clavado en una
Venezuela que les fue arrebatada.
El exilio no es solo distancia;
es una muerte lenta del ser, un desarraigo que fragmenta familias y sueños.
Y qué decir del horror indecible
de los seres queridos asesinados: aquellos jóvenes caídos en las protestas, los
activistas desaparecidos en las sombras de las mazmorras, los nombres que
resuenan como ecos de barbarie. Cada ausencia es una herida colectiva, un duelo que no cierra, que
transforma el luto en resistencia callada.
En el laberinto ético de la
geopolítica contemporánea, surge una dicotomía lacerante entre el bien aparente
de capturar a un líder como Nicolás Maduro, acusado de encabezar una dictadura
opresiva y un vasto entramado de narcotráfico que ha sumido a Venezuela en el
caos, y la flagrante violación del derecho internacional que implica una
intervención militar unilateral en territorio soberano.
Por un lado, esta acción
representa un golpe al crimen organizado transnacional y un potencial alivio
para millones de venezolanos aplastados por la represión, la hambruna y la
corrupción, ofreciendo una esperanza de justicia y restauración democrática.
Sin embargo, algunas personas
esgrimen que, al ignorar principios fundamentales como la no injerencia y el
respeto a la soberanía estatal consagrados en la Carta de las Naciones Unidas,
esta captura no solo erosiona el orden jurídico global, sino que establece un
precedente peligroso que podría justificar invasiones arbitrarias por potencias
hegemónicas, perpetuando un ciclo de inestabilidad donde el fin justifica
medios que socavan la paz colectiva y la legitimidad internacional.
Es sin dudas una difícil y
extraña dicotomía entre el bien de la libertad y quizás la socavación del Orden
Internacional y la generación de un extraño precedente.
En lo profundo de mi ser, marcado
por el dolor de los pueblos latinoamericanos oprimidos, me inclino sin reservas
a apoyar cualquier medida —por audaz que sea— que termine de una vez con las
violaciones sistemáticas de los derechos humanos, desmantele la represión y el
narcotráfico que han asfixiado a Venezuela, y abra las puertas a una paz
verdadera donde el pueblo viva en libertad. No me detiene el debate sobre
formas o soberanías cuando la inacción ha costado hambre, exilio y sangre;
prefiero abrazar la esperanza de un mundo libre, aunque el camino sea áspero,
porque la justicia real no siempre llega por vías impecables, sino por el valor
de romper las cadenas de la barbarie.
Pero hoy, en este amanecer
inesperado del 3 de enero de 2026, irrumpe una luz cegadora en el camino: la
captura de Nicolás Maduro Moros, el cabecilla de esta tiranía, en una operación
audaz que lo arranca de Caracas y lo lleva encadenado a enfrentar la justicia
en suelo estadounidense. Es un rayo de esperanza para los oprimidos, un quiebre
en la impunidad que ha sostenido décadas de oscuridad.
Las calles, antes paralizadas por
el terror, comienzan a palpitar con promesas de retorno y reconstrucción; la
diáspora alza la mirada hacia un posible regreso.
Sin embargo, en esta reflexión
que me atraviesa como un río profundo, me pregunto: ¿es esta captura el fin
definitivo de la pesadilla, o solo el comienzo de una sanación verdadera?
Las dictaduras no mueren solo con
sus líderes; sobreviven en las estructuras podridas, en las divisiones
sembradas, en las cicatrices que el tiempo apenas cubre.
Venezuela, fénix herido y
sangrante, debe ahora renacer desde sus propias cenizas, honrando el
sufrimiento de sus hijos con una libertad auténtica, donde la justicia no sea
excepción sino norma, y la dignidad, no un sueño lejano, sino el fundamento
inquebrantable de un nuevo amanecer.
Solo entonces, en la memoria
colectiva y en la voluntad indomable del pueblo, hallaremos la redención plena.
Horacio Marcelo Canteros.
Argentina. 03/01/2026.
