26 abr 2026

Nafta, nostalgia y medio millón de ilusiones

Nafta, nostalgia y medio millón de ilusiones

Hoy, domingo 26 de abril de 2026, las calles de Palermo en Buenos Aires, se convirtieron en un escenario que ni el más optimista de los soñadores argentinos hubiera imaginado con tanta crudeza.

Franco Colapinto, ese pibe de Pilar que lleva el olor a nafta y asfalto en la sangre, sacó el Lotus E20 de Alpine (un V8 que ruge como si todavía extrañara las curvas de Monza del 2012) y lo hizo bailar sobre el asfalto porteño.

Avenida del Libertador y Sarmiento, transformadas en un circuito improvisado de dos kilómetros, vibraron con el trueno de un motor atmosférico que ya casi nadie recuerda en estas latitudes.

Y vino la gente. Más de quinientas mil almas, dicen las cuentas. Escuchen bien: “Quinientas mil…”. Más que lo que suele juntar un fin de semana completo de Gran Premio en muchos circuitos del mundo.

No fue un evento. Fue una marea. Una de esas que se arman cuando el país decide, de golpe, que algo le pertenece de verdad.

Uno se queda pensando, con ese mate amargo que se enfría entre los dedos, en qué carajo tiene esta tierra para que un muchacho acelerando un auto de carreras convoque semejante multitud.

Los extranjeros lo miran desde afuera y fruncen el ceño: “¿Tanto por una demostración? ¿No es solo un show? ¿Ganó algo este pibe?”. No entienden. No pueden entenderlo.

Porque la idiosincrasia argentina no se explica con estadísticas de asistencia, ni con análisis de marketing. Se siente en el pecho, como un gol en el último minuto o como el bandoneón que llora en una milonga vacía.

Acá, el deporte (y especialmente el automovilismo) nunca fue solo deporte. Es memoria encarnada. Es Juan Manuel Fangio, el Chueco de Balcarce, ese hombre que corría contra el mundo con un Chevrolet criollo y una sonrisa de paisano.

Es el recuerdo de cuando la Fórmula 1 era nuestra porque teníamos a un tipo que ganaba todo y después volvía a comer asado con los amigos.

Es la ausencia, también. Esa larga sequía de décadas sin un argentino en la categoría reina, ese vacío que se fue llenando de nostalgia y de “qué hubiera pasado si…”.

Colapinto llegó como un soplo de aire fresco en medio de tanto desencanto. No es solo un piloto talentoso. Es el pibe que se crió mirando videos de viejos Grandes Premios, que peleó en karting con las uñas y los dientes, y que, de repente, apareció en la pantalla grande del mundo llevando la bandera celeste y blanca.

Cuando acelera, no acelera solo un auto: acelera un pedazo de la ilusión colectiva.

Es el “vamos, che” que se transforma en rugido cuando el motor sube de vueltas.

Es la revancha simbólica contra todos los que nos dijeron que ya no éramos competitivos, que el país se había quedado atrás. Hay algo profundamente argentino en esa capacidad de convertir un road show en una epopeya popular.

Somos el pueblo que llena la Bombonera para ver un partido de juveniles, que hace cola durante horas para tocar la camiseta de un ídolo, que transforma cualquier cosa en fiesta porque, en el fondo, necesitamos creer que todavía podemos ser grandes.

La multitud de hoy no fue solo fans de la F1. Fue gente que lleva años masticando frustraciones económicas, políticas, existenciales… y que encontró, en el rugido de ese V8 y en la sonrisa de Franco saludando desde el cockpit, un momento de pura, descarada, alegría compartida.

Los de afuera ven un espectáculo. Nosotros vemos un rito. Vemos al hijo pródigo que vuelve a casa y hace rugir las calles donde jugábamos a la pelota.

Vemos a un país que, pese a todo, sigue teniendo hambre de héroes cercanos, de esos que hablan como nosotros, que llevan el mate y el termo a todos lados, que sudan como nosotros y que, cuando el semáforo se pone en verde, aprietan el acelerador sin pedir permiso.

Mañana seguramente volverán las noticias de siempre: inflación, grieta, quilombos varios. Pero hoy, por unas horas, Buenos Aires olió a goma quemada y a esperanza.

Quinientas mil personas no se equivocan. No del todo. A veces, en esta tierra de contrastes brutales, la grandeza se mide en decibeles y en la cantidad de gargantas que gritan un mismo nombre. Franco, pibe: gracias por recordarnos, aunque sea por un rato, que todavía sabemos ilusionarnos juntos. Que el motor sigue andando. Que, a pesar de todo, seguimos siendo capaces de armar una fiesta en medio del asfalto roto.

Y que, como siempre, el que no entiende… que no entienda. Total, es cosa nuestra…


Horacio Marcelo Canteros

Argentina. 26/04/2026