26 abr 2026

El odio no pide visa


El odio no pide visa.


Anoche, mientras Buenos Aires dormía su sueño de asfalto y mate frío, el mundo volvió a sangrar en dos puntas en nuestro continente.

En el Cauca colombiano, una bomba en la Panamericana (esa arteria que une ilusiones y miserias) arrancó la vida de civiles inocentes, como si la violencia se hubiera cansado de apuntar a uniformes y decidiera cosechar almas anónimas que solo iban de un pueblo al otro. Disidencias, narcos, resentimientos que no terminan de enterrarse: el mismo fantasma de siempre, con otro nombre y el mismo olor a pólvora rancia.

Y casi al mismo tiempo, allá en el Norte, otro intento de magnicidio. Otra intento de disparar una bala buscando el corazón de un líder, como si la democracia se hubiera vuelto un blanco móvil, un ring donde los golpes bajos se disfrazan de justicia popular. Trump, o quien sea que ocupe ese lugar simbólico, sobrevive otra vez; pero la herida queda en el cuerpo colectivo.

¿Qué nos dice esto? Que la pólvora no distingue hemisferios. Que el odio se globalizó antes que el amor.

En Colombia estalla contra el pueblo que nada tiene que ver con las cuentas pendientes de la guerra; en Estados Unidos, contra la figura que concentra esperanzas y fobias. Ambos casos nos recuerdan lo frágil que es el hilo que sostiene la convivencia: un detonador, un gatillo, y de pronto el mañana se tiñe de luto.

Aquí, en esta orilla del Río de la Plata, uno se pregunta si no estamos todos en la misma cuerda floja. La violencia no pide visa. Viene con el viento, se instala en el alma de los pueblos cuando el diálogo se agota y la rabia se vuelve religión.

Ojalá que de estas explosiones surja, aunque sea por cansancio, un llamado a desarmar primero los corazones. Porque si seguimos matándonos por ideas, al final solo quedarán ideas... y tumbas.

Horacio Marcelo Canteros

(Buenos Aires, 26 abril de 2026)